“Rasca donde no pica” - Sermón de cierre del Campamento por la Paz de Bautistas por la Paz.

Nota editorial: El siguiente es el sermón de cierre del Campamento de la Paz de Bautistas por la Paz predicado por Rubén David. Lo reproducimos totalmente inédito abajo. For the English version press here.

Rasca donde no pica.
Apocalipsis 21: 1-4

Quisiera comenzar mi mensaje en la noche de hoy expandiendo una historia del escritor latinoamericano Eduardo Galeano. En su cuento “La Función del Arte /2” Galeano habla de un pastor misionero Miguel Brun que decidió, junto con su congregación realizar un viaje misionero a uno de los pueblos originarios en America Latina. Brun, pastor con creces, dominio del lenguaje, estudiado en la historia y la teología y conocedor profundo de la filosofía estaba deseoso de poder compartir el mensaje divino con los pueblos originarios. Su actitud no era colonizante, sino amable y gentil. Su enfoque no era la conversión, sino la presentación del Evangelio como posibilidad “alternativa.”

Brun se adentró en la Amazonía y se encontró con un pueblo particular. En este pueblo el cacique era reconocido por su vasta sabiduría. Su manera de regir era noble y correcta. El pueblo era feliz y activo, próspero y generativo. Brun llegó con las mejores intenciones y el cacique le recibió con los brazos abiertos. Se sentaron juntos en el suelo y comenzaron a charlar; sobre la vida, el mundo, el amor, la naturaleza. Brun aprovechó el momento para hablar de Dios. Citó pasajes bíblicos hermosos, textos poderosos de inclusión y apertura. Habló de posibilidades de redención, del amor de Jesús, de su acercamiento particular y su propuesta de mundo. El cacique escuchaba atentamente las palabras de Brun quien, con emoción honesta hablaba de este Evangelio salvífico lleno de amor.

Cuando terminó de hablar Brun, hubo un silencio. El cacique era conocido por su vasta sabiduría y profundidad de pensamiento. Estuvo un tiempo reflexionando sobre las palabras del misionero. Con sus ojos llenos de amor y sus gestos llenos de ternura el cacique miró a Brun a los ojos y le respondió: “Eso que usted me acaba de decir rasca. Rasca mucho y rasca muy bien. Pero rasca donde no pica.”

El tema de este año de Bautistas por la Paz es Reimaginando la Solidaridad; basándonos en un texto de Apocalipsis de un “cielo nuevo y una tierra nueva.” En la noche de hoy a mí me gustaría mirar delicadamente esta idea de qué significa reimaginar para invitarnos a re-pensar en un cielo nuevo y una tierra nueva.

Una introducción a la teología de la liberación latinoamericana

Antes de llegar al punto, primero una introducción para situar el mensaje. Para finales del 1960 se comenzó a gestar lo que hoy conocemos como la Teología de la Liberación Latinoamericana. Los eventos de las guerras, abusos, y asuntos políticos en América Latina dieron paso a una nueva corriente de pensamiento que comenzó a articular ideas sobre lo Sagrado respondiendo desde su contexto local. Dicho de manera puntual, los y las pensadoras en América Latina comenzaron a darse cuenta de que la teología europea conocida hasta ese entonces por los escritos de hombres símbolos como Karl Barth, Dietrich Bonhoeffer, y Paul Tillich entre otros, no lograban responder a las particularidades contextuales ni a las luchas específicas de sus pueblos.

Ivone Gebara ha dicho que toda teología parte de la experiencia. Que cada articulación teológica que proferimos lleva una marca particular de nuestras vivencias, por lo que resulta imposible distanciar nuestro entendimiento de lo Sagrado de nuestra experiencia de vida. Esta idea es parte fundamental de lo que hoy conocemos como Teología de la Liberación Latinoamericana. En Latinoamérica las experiencias de los pueblos oprimidos y las personas minusvaloradas comenzó a germinar y tomar carne, hueso, sentido para conformar una corriente filosófico-teológica que re-pensó las posibilidades de lo divino desde el dolor, la angustia, la opresión y la esperanza de un mundo “nuevo.”

Las mismas cosas de otra manera:

Uno de los pioneros de la teología de la liberación latinoamericana, el teólogo brasilero Rubem Alves afirmó tajantemente que el colonialismo era una de las bases fundamentales de la opresión que sufrían los pueblos latinoamericanos. Para Alves el colonialismo no se circunscribía a los procesos políticos en América Latina, sino que el colonialismo era una red. Alves entendió el colonialismo como un poder mayor, una estructura profunda de pensamiento ideológica que organizaba el mundo de una manera que oprimía a algunos pueblos mientras que beneficiaba a otros. Alves alegaba que el colonialismo escribía una historia, una historia en la cual las personas colonizadas no tenían agencia, no eran participantes activos, sino que eran reducidos a espectadores de un mundo que el colonialismo les arrebataba para el beneficio de los poderosos.

Según Alves, el colonialismo funciona también para organizar un pensamiento final de Dios. Es decir, todo lo que se podía decir de Dios ya se había dicho desde las teologías europeas. En este sentido, no era posible articular una nueva visión de Dios dentro del colonialismo porque la historia de quién y qué era Dios, en la lógica colonial, obedecía los poderes opresores que minimizaban y minusvaloraban a algunas personas a la expensa de otras.

Algo particular de Alves es que en su trabajo él comenzó a notar que las respuestas al colonialismo, los mecanismos de “inclusión” y las maneras a través de las cuales las personas en el poder creaban y desarrollaban espacios más saludables no eran más que repeticiones de las lógicas y patrones coloniales disfrazados de liberación. Dicho de otra manera, la gente repetía las mismas cosas de una manera más efectiva, más inclusiva, más amorosa; pero que permanecían aún atada a la misma lógica colonial.

Pensémoslo a manera de metáfora; Alves alegaba que el mundo operaba como un castillo gigante. Las personas vivían en las habitaciones del castillo. Cada cierto tiempo alguna persona descubría una nueva habitación con muebles nuevos, coordenadas distintas, espacios únicos que no había en ninguna otra habitación. Celebraban este nuevo espacio inclusivo, liberal, distinto, abierto, próspero, de “resistencia.” Entonces: “Fascinados por las innumerables e incontables habitaciones dentro del castillo; ¿quién será capaz de darse cuenta de que estamos atrapados adentro?” Lo que Alves proponía en 1972, que todavía tiene profunda relevancia hoy en día, es que las luchas descolonizantes se centraban en buscar una nueva habitación dentro del castillo, escoger un nuevo cuarto dentro de la estructura. Al hacerlo se descubrían nuevos mecanismos, nuevas maneras, nuevos espacios; pero nadie sale del bendito castillo.

Yo digo que nosotros y nosotras andamos encontrando nuevas habitaciones dentro del castillo. Celebrando los nuevos muebles, los nuevos espacios; los nuevos cielos y las nuevas tierras. Ilusionades con la libertad, la descolonización, el futuro esperanzador. Pero estamos atrapades dentro del castillo.

En Latinoamérica las experiencias de los pueblos oprimidos y las personas minusvaloradas comenzó a germinar y tomar carne, hueso, sentido para conformar una corriente filosófico-teológica que re-pensó las posibilidades de lo divino desde el dolor, la angustia, la opresión y la esperanza de un mundo “nuevo.”

Pasito a pasito; suave suavecito 

Cuando Cristóbal Colón invadió Abya Yala, la tierra que hoy conocemos como América – desde el norte hasta el sur – trajo consigo toda una estructura de mundo y un pensamiento particular y puntual a través del cual España y luego Europa Occidental organizaron el mundo. El colonialismo no fue simplemente un proceso de conquista, destrucción y apropiación de las tierras. Sino que, simultáneamente introdujo todo un aparato ideológico que permea hoy en día dando sentido y validez a las maneras en que nosotros entendemos el mundo. Lo racional, lo lógico, lo correcto, lo posible, actualmente, se articula mayormente, aunque no en todos lugares, desde un pensamiento colonial. Lo que quiero decir es que las maneras dominantes en que pensamos el mundo hoy en día se pueden trazar hasta la invasión de América a finales del siglo 15.

El sociólogo peruano Aníbal Quijano estudió este tipo de relaciones denominándolas y organizándolas bajo lo que él llamó el “patrón colonial del poder.” El patrón colonial del poder es una red epistemológico-ideológica que permea, se inserta y se inmiscuye en cada aspecto de nuestro diario vivir afectado, organizando y dando sentido a la manera correcta de percibir el mundo. Este patrón tiene elementos de belleza: un tipo de mujer, de hombre son más bellos que otros. En Puerto Rico por ejemplo se suele decir todavía “ella es una negrita linda” enfatizando que se asume, consciente o inconscientemente que lo negro es inherentemente feo. Por eso, no es una mujer linda, sino una negrita linda. Se manifiesta en patrones y entendimientos de trabajo. Por ejemplo, se celebra como desarrollo, o como una persona exitosa aquella que tiene muchos trabajos, que labora mucho. Mira qué mucho a logrado, cuán exitosa es. Se le asigna un valor incuestionablemente alto a trabajar. Las relaciones de género se organizan desde este patrón otorgándole a los hombres, blancos, libres, heterosexuales, europeos la posición más alta en la jerarquía de las personas, reduciendo a todas las personas que no cumplen con todos esos criterios a un nivel inferior. Se piensa el mundo desde lo capitalista, se entiende la teología cristiana como centro, se insiste en el arte desde el renacimiento, los museos en Europa, los grandes templos, etc.

Lo que quiero enfatizar es que el patrón colonial del poder es una lógica. No es un elemento tangente que se puede tocar, sino un mecanismo interactivo, invisible y presente que, consciente o inconscientemente nos dice cómo el mundo debe operar. Ese patrón opera en cada uno y cada una de nosotras. Por ende, es importante también entender que, si el patrón colonial del poder es una red, los esfuerzos decoloniales no están aislados ni desconectados los unos de los otros. Sino que el patrón colonial del poder se compone de una serie de elementos interconectados que no pueden separarse los unos de los otros. Por ende, hay que considerar los elementos de raza, género, lo indígena, la naturaleza, el capitalismo, la violencia de género, la violencia de la naturaleza, el abuso de los recursos naturales, las concepciones de belleza y arte y la jerarquización del conocimiento, etcétera, como interrelacionados unos con otros. Dicho de manera puntual, no se puede hablar de las relaciones con la tierra sin hablar de la violencia de género; no se puede hablar de la violencia de género sin hablar del capitalismo; no se puede hablar del capitalismo sin hablar de la raza. Y así subsecuentemente.

El castillo de Alves es el patrón colonial del poder. Sus paredes simbolizan las maneras a través de las cuales se organizan los pensamientos, e inclusive algunos movimientos de liberación que buscan proveer “cielos nuevos y tierras nuevas” pero que, al final, terminan replicando lo que Gloria Anzaldúa llamó “la esencia de la colonización: arrancar una cultura y regurgitar su versión blanca a sus nativos.”

Me tomo el tiempo en explicar el castillo, el patrón colonial del poder y lo teológico porque mi intención es invitarnos a imaginar. A abandonar el castillo en búsqueda de una posibilidad otra, un espacio alterno que promueva y provea posibilidades de mundo desvinculadas de este patrón colonial del poder. Hoy mi invitación no es a cambiar de habitación dentro del castillo del cual Alves habló buscando una “nueva” filosofía, un “nuevo” mecanismo, ni una “nueva” posibilidad; es a salir del castillo.

Quemen todo; arda todo:

Es importante entender que en nuestra sociedad actual y como pacificadores/as hay muchísimos mecanismos viables que ciertamente proveen espacios de liberación. De hecho, todas las personas que estamos aquí participamos de ellos. Solemos levantar la voz a favor de Palestina, los pobres, las mujeres abusadas, las personas LGBTTQIA, los indígenas, etc. Nos inmiscuimos en procesos para “entender” mejor, para ser mejores. Este trabajo no pasa desapercibido, es tanto noble como necesario.

Sin embargo, quisiera puntualizar y rechazar una premisa que he escuchado durante esta semana en nuestros cultos y espacios: Se habla de que estamos en un momento de una crisis humanitaria sin precedentes. Se dice que el mundo está al borde del colapso. Lloramos, nos sentimos, hacemos y desarrollamos espacios de lamento ante la terrible película que el mundo nos presenta en este momento que llamamos y denominamos como “histórico.” Hermanos y hermanas, no seamos tan colonizadores. El mundo no pasa por un momento de crisis ahora; el mundo siempre ha estado en crisis, y en nuestro contexto, desde que Colón invadió las tierras en 1492.

Palestina, la violencia de las mujeres, los abusos contra aquellas personas que se entienden en sus cuerpos desde espacios no tradicionales, el bloqueo en Cuba, las guerras e invasiones de Estados Unidos, Donald Trump, el abuso indígena; nada de esto es nuevo. Nada de esto es una tragedia que surge en los últimos años. Pensar que lo es señala a aquellas personas que han tenido el privilegio de no sufrir estos embates en su vida. Resaltar ahora estos abusos como señales de que el mundo está al borde del colapso o con una crisis sin precedentes demuestra el inmenso privilegio de aquellas personas para quienes ahora el mundo se torna incómodo y gritan reclamando paz; sin darse cuenta de que el mundo, para las personas históricamente minusvaloradas siempre ha sido así. Mis hermanos y hermanas, lo que sucede no es nuevo. Tiene nombre. Tiene historia. Se puede identificar. Es un patrón colonial del poder.

Y perdonen que yo ponga el dedo en la llaga. Pero si BPFNA pretende reimaginar la solidaridad tiene también entonces que darse cuenta de que las mismas personas que durante siglos han sido cómplices y beneficiarios del debacle de las comunidades y pueblos históricamente minusvalorados no pueden ahora venir a decirle al mundo que van a arreglar lo que ellos mismos destruyeron. Quienes históricamente han gozado de todos los mecanismos de la colonización, abriéndose espacio en el mundo con poca o ninguna resistencia no pueden ser quienes ahora también le digan a las personas históricamente minusvaloradas y empobrecidas cómo es que se soluciona el mundo. Adoptar un pensamiento indígena, llenar las juntas con personas negras o de las comunidades LGBTTQIA para cantarse inclusivas, entender una filosofía alterna, leer sobre una comunidad específica o escuchar las historias terribles para lamentarse no son movimientos decoloniales; de hecho, son movimientos que evidencian el privilegio de algunas personas que tienen la libertad de escoger cuándo, cómo y dónde incomodarse, sentirse, lamentarse. Muchas veces sin darse cuenta de que a quienes les hablan de su dolor, y a quienes pretenden enseñar con sus “nuevas” filosofías son personas que hemos vivido con ese dolor desde que nacimos.

Luz dijo el miércoles que otro mundo es posible, y es posible porque está aquí. El problema es que quienes lo destruyeron hoy quieren decirnos cómo rescatarlo. Pero no se puede hacer la paz con los mismos mecanismos que crearon el mundo de la guerra en que vivimos. No se puede descolonizar con los mismos mecanismos coloniales que nos colonizaron. No se puede des-racializar con los mismos mecanismos raciales, ni mucho menos sin personas negras entre nosotres. El otro mundo del que habló Luz es posible, pero solamente desde el entendimiento de que no es posible alcanzarlo haciendo las mismas cosas de una mejor manera. Vienen y nos predican de futuros posibles; sin entender el futuro es una visión privilegiada. El futuro lo imaginan solamente aquellas personas que no tienen dudas de dónde viene su próxima comida, que tienen dinero ahorrado en bancos y pueden pensar en su retiro, que tienen estabilidad, casa, carro, salario, plan médico. El futuro es un privilegio al que no todes tenemos acceso.

Y permítanme aclarar, porque tampoco quiero que se malentienda. Mi mensaje no pretende minimizar los valiosos esfuerzos de las personas aliadas con las personas históricamente oprimidas. Lo que sí quiero puntualizar es que el movimiento hacia la equidad, la solidaridad y la paz es mucho más complejo. Involucra una profundidad que muchas veces se ignora. Necesita un reconocimiento puntual de la blancura y privilegio, y necesita también un silencio, un salirse del medio, y un ceder de los espacios para que sean las voces minoritarias, pequeñas y silenciadas las que asuman las riendas de pensar un cielo nuevo y una tierra nueva.

En esta coyuntura también es importante resaltar que nosotres, como personas latinas también participamos y perpetuamos el patrón colonial del poder. Con frecuencia, desde nuestras luchas, nos centramos más en criticar, minusvalorar, desacreditar y rechazar movimientos del norte en la búsqueda de la equidad. Sin querer queriendo, como diría El Chavo, nos auto agenciamos una sabiduría superior, un conocimiento mayor, un entendimiento del mundo “mejor” y al hacerlo nos autodenominamos las únicas personas capaces de salvar mundo. Reclamamos nuestros espacios como los pilares incuestionables de la liberación. Hay quienes alcanzan posiciones de liderazgo solamente para buscar protagonismo y posicionarse en el centro de la discusión como si fueran personas poseedoras absolutas de “la verdad.” Parecen olvidarse del principio más básico de la teología que resalta que no hay mundo sin comunidad; que la diversidad de colores incluye también el blanco. Se les olvidan las poderosas palabras del teólogo mejicano Eliseo Pérez quien espetó que “Cristo murió por mí, pero ese por mí, debe entenderse en la manera en que yo pertenezco a todes.”

Nuestro trabajo tiene que ser más profundo, más alternativo e intencional. No podemos seguir haciendo las mismas cosas de una mejor manera, sino que hay que hacer otras cosas si realmente creemos en la posibilidad de un mundo alternativo. Dicho de manera puntual; estos mecanismos de los que hablo lo que hacen es mover a las personas a nuevas habitaciones dentro del castillo. Crean, lo que Alves llamó, una “ilusión de la libertad.” Cambian de habitación, pero permanecen dentro del castillo. Pero reimaginar la solidaridad no es moverse a otra habitación “mejor” dentro del castillo, sino una invitación a salir del castillo. Sobre esto, lamentablemente, falta todavía mucho por caminar para desarrollar movimientos que rasquen donde pique.

Pero no se puede hacer la paz con los mismos mecanismos que crearon el mundo de la guerra en que vivimos. No se puede descolonizar con los mismos mecanismos coloniales que nos colonizaron. No se puede des-racializar con los mismos mecanismos raciales, ni mucho menos sin personas negras entre nosotres. El otro mundo del que habló Luz es posible, pero solamente desde el entendimiento de que no es posible alcanzarlo haciendo las mismas cosas de una mejor manera.

Imaginación como posibilidad alterna:

En su charla el miércoles, Néstor nos invitó a imaginar un cristianismo que se desvincule de las ideas coloniales; o de lo que Quijano llamó el patrón colonial del poder. BPFNA debe asumir esta pregunta como fundamento de sus próximas movidas. Nuestra respuesta tiene que ser más profunda. Necesita asumir una historia colonial cruda y dura, y reconocernos como cómplices activos de este patrón. Imaginar este cristianismo implica comenzar a cuestionar, doctrinas y lógicas que damos por ciertas como la salvación del alma, la redención de la persona, la iglesia como centro de reunión, el culto como mecanismo necesario para entender a Cristo, la relación de lo humano y naturaleza como si fueran entidades separadas, las dinámicas socio-raciales que pensamos se solucionan con un culto o incluyendo personas de color en las directivas, los viajes misioneros a comunidades minusvaloradas, o la recolección de ofrendas como solución a una crisis humanitaria… Reimaginar el cristianismo exige más de nosotres como personas y como organización.

Rubem Alves nos da unas pistas para reimaginar. Alves sugiere salir del castillo para pensar de maneras “ilógicas,” que no hacen sentido, que el mundo denomina imposible. No se trata de adoptar filosofías indígenas para recrearlas en nuestros espacios; recordemos la frase de Anzaldúa, sino de posibilitar un mundo otro donde todo lo que nos han dicho por siglos que no es posible; es posible. Porque esa es la base del Santo Evangelio; que Cristo dijo, repetidas veces; “Oísteis que fue dicho, pero yo os digo…” no para integrar su filosofía del mundo al mundo en que habitaba, sino para desenmascarar el mundo que habitó dejando meridianamente claro que el Reino de Dios no es de este mundo. Y que se entienda que cuando digo que “no es de este mundo” a lo que me refiero es que el Reino de Dios no obedece la lógica colonial, no se organiza alrededor del patrón colonial del poder, no silencia a las voces marginadas, no inventa categorías nuevas para “incluir” a otras personas al mundo actual. No es de este mundo, porque plantea un mundo otro. No un pensamiento, no una filosofía; un mundo. Reimaginar implica entender que el Reino no puede concretarse dentro de las paredes del castillo.

Este ejercicio es muy difícil. Implica cuestionar nuestras más profundas convicciones para escarbar los vestigios coloniales. Llevamos años haciendo lo mismo de mejores maneras, cambiando de cuartos en el castillo. Pero ahora, nos exigimos salir del castillo.

Reimaginar es pensar en lo imposible. Es soñar con lo que el mundo nos dice que no lograremos. Es ponerle rostro, pies, manos, cuerpo, piel a la esperanza. Es el Reino de Dios, es Jesús arrodillado frente a la mujer adúltera escribiendo en el piso que la ley no triunfa sobre la gracia. Es Jesús con la mujer del pozo dejando claro que la discriminación no triunfa sobre la ternura. Es Jesús con el hombre paralítico diciendo que la enfermedad no triunfa sobre la salud. Es Jesús en la fiesta de los cobradores de impuestos diciendo que las etiquetas no definen a las personas. Es Jesús abrazando y protegiendo a Alexa Negrón Luciano, Serena Angelique Velázquez Ramos, Layla Peláez Sánchez, Penélope Díaz Ramírez, Yampi Méndez, Michellyn, Samuel, Luz María Barreto Bósquez, Alexandra Carrero Vega, Ignacia Santiago Labrador, Emely Anngely Ledesma Vázquez, Alma Torres Nazario, Lourdes Pilar Santiago Reyes, Ana Delia Ocaña Rodríguez, Rosniellys Marcano Carrasquillo, todas mujeres y personas de la comunidad LGBTQIA2S asesinadas en Puerto Rico. El Reino es Jesús frente a la tumba de Lázaro diciendo que el mundo de la vida triunfa sobre el mundo de la muerte. El Reino es la silueta de Jesús caminando sobre el agua, afirmando como dice la Dra. Yara González Justiniano que la realidad visible, tangible y palpable no dicta los límites de lo posible.

Reimaginar, es entender que el mundo que vivimos no es posible sostenerlo, que sus políticas no son sostenibles, que sus mecanismos no son saludables, que sus propuestas son indignas. Reimaginar surge del entendimiento de que este mundo no debe ni puede existir, que hay que acabar con él. Reimaginar es mirar profundamente nuestros prejuicios, privilegios, esfuerzos fallidos, “buenas intenciones” y luchas, y pasarlos por el filtro del Reino del Jesús que nos dijo “Oísteis que fue dicho, pero ahora yo digo…” Porque es en ese giro particular de lo que nos han dicho que el mundo es, a lo que imaginamos que el mundo pudiera ser, que surge la esperanza.

Reimaginar es construir esperanza. No encontrarla en miradas futuras del mundo, sino hacerla real en el diario vivir con acciones concretas que la construyan. La esperanza es el pan de la madre que por fin puede comer, el nacimiento de la niña luego del embarazo complicado, el renacer del árbol en la tierra colonizada, el jugo de la fruta que se escurre por los labios con el mordisco. Pausa. La esperanza no solamente se busca, la esperanza se hace. La esperanza no solamente se anhela, se concretiza. ¡La esperanza no solamente se sueña, se vive! La esperanza es la constante y consistente creación de un mundo que el colonialismo nos dice que es imposible de crear. Un mundo que emula trabaja, acciona y convierte en realidad diaria el Reino de amor de Dios para todas las personas, para todos los seres, para todo lo que es, y todo lo que existe.

BPFNA necesita hacer ese mundo real. Nuestra tarea más importante como organización es construir el Reino de Dios. Es hacer real lo irreal, posible lo imposible. Reconociendo que las voces silenciadas no pueden seguir en silencio. Que las voces que por años han gozado de privilegio no pueden ser quienes nos tracen el mapa para la construcción del mundo alternativo. Pero, entendiendo también que no hay superhéroes, no hay una poción mágica, que no hay un saber absoluto. Porque el mundo se construye en comunidad. Reconociendo juntes nuestra complicidad con el colonialismo, capitalismo, violencia de género, el racismo, el abuso, la explotación, la indiferencia y la destrucción del mundo. Mirándonos a los ojos y compartiendo las heridas que hemos tanto causado como sufrido sin jerarquizar el sufrimiento desde un “nosotros somos más sufridos”, pero sin simplificarlo a un “todos sufrimos.”. Este camino es duro, es fuerte. Nos va a interpelar. Nos va a abrir las heridas. Nos va a cuestionar. Nos va a revelar que aún nuestros mayores esfuerzos de liberación, con frecuencia, rascan donde no pican. Pero este es el camino de la esperanza. El que nos hace nuevos. El de la flor que nace entre el concreto que la destruye. Es el camino que trazó Jesús, que trazaron nuestras ancestras, que trazó la tierra. Y es la manera en que nos movemos hacia adelante como comunidad de amor para realmente construir un cielo nuevo y una tierra nueva. Así nos ayude Dios.

Rubén David Bonilla Ramos

Rubén David Bonilla Ramos is editor-in-chief of the Baptist Peacemaker. He is a Ph.D. candidate at Emmanuel College of Victoria University in the University of Toronto and a Visiting Professor at the Seminario Evangélico de Puerto Rico, Emmanuel College in the University of Toronto, and Lexington Seminary. From Carolina, Puerto Rico, Rubén David has worked as a Research Fellow, collaborating on archival research related to the processes of colonization and conquest in Latin America and the Caribbean. He is particularly interested in exploring the intersections of colonial processes in Latin America and the Caribbean through asserting his own Puerto Rican identity and history. Rubén David also serves as a translator for academic articles and conferences in Anglo-North America. He lives in Toronto with his wife, Leslie, and their two daughters, Beatriz and Julieta.

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“It Scratches Where There’s No Itch” - Closing Sermon at BPFNA Summer Conference Peace Camp.