Construyendo el espíritu de comunidad: replanteando la escuela bíblica dominical

Entiendo la tarea educativa de la Iglesia como un proceso que se centra en presentar a Jesús como el modelo de excelencia que dirige nuestros procesos de vida y nos ayuda a avanzar hacia la misión: la expansión de Su Reino. Por eso, una de las formas más saludables de fortalecer esta experiencia es a través de la educación cristiana. Podríamos definir la educación cristiana como el proceso interactivo de crear, compartir y transformar la experiencia del evangelio de Jesús aplicado a la vida de las personas. Por lo tanto, dentro de la tarea educativa de la Iglesia, la educación cristiana debe traducirse en un proyecto activo de formación de personas, discutiendo material con una base bíblico-teológica y, sobre todo, articulando una idea que afirme y reconozca la dignidad de cada ser humano. Por eso, una de las tareas más importantes es formar y fomentar el espíritu comunitario dentro de las iglesias y los espacios religiosos. Es fundamental comprender que la intención de la educación cristiana debe atraer a todo el grupo de la Iglesia que vive en la formación constante de su espíritu, visión y misión.

La escuela dominical ha sido tradicionalmente un espacio donde se dicta el conocimiento para la convicción de la verdad del Evangelio. Desde la tradición educativa de la Iglesia, este espacio se lleva a cabo principalmente los domingos, dividido por grupos de edad, con un plan de estudios y objetivos específicos, con el propósito de acercarse a la fe. El concepto de «escuela» puede distraer a algunas personas, según el Dr. Pablo Jiménez. En su ensayo ¿Qué es la escuela que no es escuela?, Jiménez afirma que el espacio de formación educativa en la Iglesia debe apuntar hacia el discipulado cristiano, entendiendo que el discipulado es «una experiencia de fe... donde se reconoce el señorío de Cristo sobre la vida». Proponer el discipulado cristiano como meta de la formación en la Iglesia amplía la gestión educativa al centrarla en el diseño de una experiencia que transforma el espíritu de la comunidad eclesial.

El diseño de la experiencia educativa

Cada clase debe prepararse con una intención concreta. Esta intención puede surgir de alguna pregunta, dinámica o texto bíblico. Una vez establecida la intención de forma clara y comprensible, podemos empezar a pensar en sus diversas aplicaciones según la edad. Es importante que cada profesor pueda relacionarse directamente con el grupo a su cargo para poder contextualizar la intención del grupo al que se dirige. Una vez que se conoce la dinámica del grupo, los elementos técnicos son muy útiles para facilitar el proceso educativo. El uso de varias versiones de la Biblia siempre ayuda a proporcionar diversos puntos de vista. 

Es fundamental que, antes de consultar fuentes académicas, la lección sirva primero como aprendizaje para quienes la imparten. Esta experiencia personal con el material nos permite respaldar nuestros argumentos, preguntas y aplicaciones con comentarios bíblicos y teologías que afirman y validan nuestras confesiones. También es necesario crear espacios dinámicos, ya que el ámbito de atención de cada grupo está cambiando. La dinámica ayudará al proceso de memorización del contenido y a su futura aplicación, ya que cada persona aprende de manera única. Por lo general, la dinámica más eficaz en todos los grupos de edad es el diálogo. Como seres relacionales, el diálogo sobre nuestras teologías y nuestra fe fortalece el testimonio, crea espacios liberadores y hace que el mensaje sea comprensible para la vida en general. 

Por último, al finalizar una clase se debe hacer una reflexión sobre el material. No recomiendo terminar la clase bíblica con una advertencia o una oración. Más bien, convierta el final de cada clase en un evento memorable en el que la lección trascienda las palabras y se convierta en una experiencia de vida.

Formando el espíritu de comunidad: algunos consejos y pautas.

  • Interactuar con la vida: El espíritu de la comunidad eclesial debe formarse de manera coherente en tres aspectos: contexto, contenido y personas. El Dr. Juan Mejías, en su presentación Jesús y el ministerio educativo, propone estos tres aspectos como el modelo educativo de Jesús para poder atraer a las personas. Por lo tanto, nuestra educación debe formar personas que puedan interactuar con la experiencia de la fe en sus vidas y luego interactuar desde la fe para la bendición de los demás. Los educadores deben ser claros con sus posiciones y argumentos sin perder flexibilidad en el diálogo. Es importante, sobre todo, ser eficiente en el tiempo. Recomiendo que la estructura de una clase no se construya a partir de una expectativa de tiempo, sino de una expectativa de contenido.

  • Leer para comprender: Creo que es importante desarrollar la capacidad de discernir la intención espiritual, tangible y comunitaria del texto, anclada en su marco histórico-social, teniendo en cuenta las realidades de nuestra audiencia. Debemos replantearnos la lectura de las Escrituras con la mentalidad de hacer que el Evangelio sea accesible e inclusivo.

  • Explicación para la aplicación: La explicación de las Escrituras no debe entenderse como un laberinto; esto es un obstáculo para llegar directamente a quienes asisten a nuestras clases. Nuestra explicación debe recrear recuerdos y felicidad en las personas. Por lo tanto, recomiendo replantearse la experiencia educativa desde una idea que trascienda la exposición y se centre en promover el debate para futuras aplicaciones en nuestra vida cotidiana.

  • Facilitar la fe: El uso de canciones, imágenes, historias y preguntas puede ayudar a fortalecer la experiencia espiritual de la clase. Normalmente recomiendo el constructivismo de Piaget y Vygotsky, que proponen replantearse el papel del profesor como facilitador del diálogo educativo y el papel del alumno como constructor de sus propias ideas. En la Biblia podemos encontrar ejemplos de esto: Nicodemo, la mujer sirofenicia, Pablo, Nehemías, etc.

  • Crear experiencias: En última instancia, nuestro papel como educadores es hacer que la formación de la comunidad cristiana sea memorable. Probablemente, todos recordamos alguna clase específica que tomamos en algún momento, tal vez porque fue muy buena o porque fue muy mala. ¿Por qué recordarán los alumnos nuestras clases? Debemos replantearnos la creación de experiencias desde cinco conciencias principales: la conciencia generacional, recordando que el público evoluciona y crece; la conciencia física para captar la atención de los participantes; la conciencia mental para ejercer un pensamiento crítico y diverso; la conciencia de las pausas, porque es saludable descansar y procesar la densidad del material; y, por último, la conciencia espiritual, ya que tenemos la tarea de formar el espíritu de la comunidad eclesial para enviarla a la misión.

Daniel Andrés Rivera Rosado

Daniel Andrés Rivera Rosado es pastor asistente en Educación Cristiana en la Iglesia Cristiana Metropolitana (Discípulos de Cristo). Daniel tiene una licenciatura en Sociología de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras y una Maestría en Divinidad del Seminario Evangélico de Puerto Rico. Actualmente cursa un doctorado en Educación en el Campus Global de la Universidad de Arizona. Vive en Guaynabo, Puerto Rico, con su esposa Desireé y sus dos perros, Celeste y Ruby.

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