Testigos de la libertad religiosa en Cuba
Quiero ser más como Tú
¡Ver la vida como Tú!
Saturarme de tu Espíritu
Y reflejar al mundo tu amor.
Doy testimonio de la existencia de libertad religiosa en Cuba.
En una reciente visita a Cuba, escuché a fieles pentecostales hablar en lenguas y cantar coritos, canciones que forman parte de todos los servicios religiosos evangélicos latinos. Recé el Padrenuestro hombro con hombro con católicos, nazarenos, presbiterianos, metodistas, bautistas y otros en un servicio ecuménico al que asistieron cientos de personas en La Habana. Hablé abiertamente con pastores sobre las traducciones de la Biblia. Adoré en congregaciones registradas y no registradas, recé antes de las comidas en hogares y restaurantes, y casi infringí las ordenanzas sobre ruido con la música de adoración a todo volumen. Cuando prediqué un sermón en presencia de líderes comunistas, no sentí ninguna amenaza de daño o silenciamiento.
Así pues, desde la perspectiva de este visitante, doy testimonio de la existencia de libertad religiosa en Cuba.
Lo sé. La realidad para los visitantes privilegiados de fuera siempre es diferente a la de quienes se encuentran dentro de los límites de un contexto o una comunidad. Esto ocurre en cualquier país, ciudad o hogar. Y entiendo que el tema de la libertad religiosa es complicado de debatir para los cubanos. La propia definición de libertad religiosa de Cuba ha evolucionado mucho, desde que se declaró país ateo en 1962 hasta que abrió la puerta a una mayor expresión religiosa en la década de 1990. La visita del papa Juan Pablo II sigue siendo un momento culminante en el avance de la libertad religiosa en Cuba, que se celebra tanto dentro como fuera del país. El hecho de que yo haya podido tener la experiencia espiritual que tuve es un testimonio del progreso de los pacificadores que han estado construyendo puentes de amor y anclándose profundamente en la esperanza de una reconciliación algún día.
Pero estoy de acuerdo en que quizá no conozca toda la historia. Hace dos años, observé con angustia el conflicto interno del 11 de julio y, como pacificador bautista, condeno cualquier acto de violencia perpetrado contra personas que profesan su fe según les dicta el Espíritu. Quienes están injustamente encarcelados deben recibir justicia y un trato justo, y creo que todos deben tener libertad de conciencia para expresar sus creencias más profundas.
También creo que un Estado soberano reconocido por 185 de los 193 países de las Naciones Unidas que se oponen al embargo estadounidense contra Cuba y que buscan integrar a Cuba en la comunidad internacional tiene, sin duda, el derecho a definir la libertad religiosa en sus propios términos y en su propio contexto. Cuba no expresa la libertad religiosa de la misma forma que lo han hecho las democracias liberales durante siglos, ni está obligada a hacerlo.
Por lo tanto, debo dar testimonio de la existencia de libertad religiosa en Cuba y de la profunda fe de las personas con las que tuve la suerte de encontrarme.
En diciembre, el Departamento de Estado de los Estados Unidos designó a Cuba como «país de especial preocupación» (CPC, por sus siglas en inglés) por participar en o tolerar violaciones sistemáticas, continuas y graves de la libertad religiosa. Soy testigo de la existencia de libertad religiosa en Cuba y de la profunda fe de las personas con las que tuve la suerte de encontrarme. El Departamento de Estado debería retirar la designación de Cuba como «país de especial preocupación».
En mi opinión, no creo que una designación tan elevada «promueva los derechos humanos en todo el mundo», como sostiene el Departamento de Estado de los Estados Unidos. Sostengo que las duras sanciones adicionales impuestas por Estados Unidos al Gobierno cubano, al incluirlo en una lista junto con otros países con los que Estados Unidos mantiene relaciones diplomáticas plenas, solo sirven para dañar y destruir aún más la vida del pueblo cubano, un pueblo que ha sufrido enormemente y de forma única durante los últimos 64 años de bloqueo y aislamiento de la comunidad internacional.
Por lo tanto, también debo decir que fui testigo de los testimonios de un pueblo en crisis, de historias que hablan del daño extremo que el bloqueo estadounidense sigue infligiendo a la población cubana. Numerosos estudios internacionales respaldan mi propia evidencia anecdótica, de la que debo dar testimonio. Los medicamentos, los alimentos y la tecnología médica producidos en el extranjero son casi imposibles de encontrar en Cuba debido al embargo estadounidense, que impone sanciones y amenaza a otros países que comercian con ellos.
La situación en Cuba es desastrosa en muchos sentidos. Los efectos de la pandemia mundial y la crisis económica con una inflación galopante han afectado a Cuba de forma más aguda que a muchos otros países. Son los cubanos quienes deben decidir su propio futuro y encontrar las respuestas a los problemas que perciben ante sí dentro de sus propios sistemas. Problemas de esta magnitud requieren una amplia coordinación y movilización, y no son fáciles de resolver.
Pero como estadounidense, debo responsabilizar a mi gobierno por el daño que ha afectado a tantas personas durante las últimas seis décadas y que sigue afectando. Muchas de las personas con las que hablé afirmaron abiertamente que los problemas de su país no se deben únicamente al bloqueo de Estados Unidos.
Soy testigo de que los cubanos declaran libre y abiertamente que el sistema cubano no es perfecto. Los cubanos con los que hablé no se anduvieron con rodeos al referirse a la forma en que su propio gobierno está abordando sus problemas.
El 13 de enero, en un programa de debate de una cadena de televisión pública, el historiador nacional de la Universidad de La Habana planteó que Cuba debería centrarse en crear un «patriotismo que nos permita alcanzar verdaderamente un futuro mejor, diseñando un país que sea próspero y exitoso para sus propios ciudadanos, y capaz de comprender la pluralidad y la diversidad que caracterizan la realidad cubana». Los cubanos están manteniendo importantes conversaciones que buscan avanzar hacia un futuro de cambio y crecimiento. Aplaudo todas las voces que conducen hacia esta realidad.
Pero una mayor alienación y marginación de Cuba por parte de Estados Unidos solo agrava las condiciones que paralizan a la sociedad cubana. La realidad es que muchos se enfrentan a tiempos desesperados, algunos de los peores desde el «Período Especial» de la década de 1990. Las familias se están dividiendo por la necesidad de emigrar y la urgencia de este momento es palpable para la comunidad internacional.
En noviembre de 2022, 185 naciones votaron a favor de que Estados Unidos levantara el bloqueo y el embargo a Cuba, con dos estados en desacuerdo: Estados Unidos e Israel. Desde mi punto de vista, aunque se esté coartando la libertad religiosa, este argumento no debería servir para agravar el daño causado al pueblo cubano en estos momentos de gran necesidad y aislamiento. No se trata de una batalla ideológica, sino de una crisis económica y humanitaria que merece la atención y el interés del mundo como una oportunidad para avanzar hacia la paz y la reconciliación.
Decir que la libertad religiosa no existe en Cuba es una falsedad; incluir a Cuba en una lista de otros países acusados de violaciones a la libertad religiosa, países que además disfrutan de plenas relaciones diplomáticas con Estados Unidos, es una hipocresía.
Por eso, debo dar testimonio de las personas que expresan su deseo de ser más como Dios, de ver la vida más desde la perspectiva de Dios, de saturarse del Espíritu Santo y de reflejar el amor de Dios al mundo. Amén.