Una Iglesia solidaria es un deber patriótico y social ante el abandono de las personas mayores.
Traducido por: Rubén David Bonilla Ramos
Editado por: Erica Saunders
En una ocasión, encontré un artículo escrito por Josean Ramos (escritor y periodista puertorriqueño) para el periódico universitario Diálogo, de la Universidad de Puerto Rico. En él, hablaba de un cancionero boricua creado con «canciones de guerra» que surgieron durante las dos guerras mundiales. Una de estas canciones era «Despedida», escrita por Don Pedro Flores, que retrataba a un hombre que iba a la guerra, preocupado por dejar a su pobre madre desatendida. «Solo me rompe el alma y me condena. Dejar a mi madre tan sola, mi pobre madre que aún vive. ¿Quién se acordará de ella en mi ausencia?». Estas líneas capturan la angustia que un hijo o una hija pueden sentir al temer que sus padres se queden solos en su ausencia. Es lamentable que hoy en día esta angustia parezca inexistente para muchos en Puerto Rico, cuando vemos el abandono que sufren los ancianos en los hospitales de la isla.
Según el Departamento de Familia, a mediados de 2023 se había registrado un aumento del 125 % en los casos de personas mayores abandonadas en hospitales. Para el año fiscal 2017-2018, los casos reportados fueron 285, en comparación con el año fiscal 2022-2023, con un número preliminar de casos que ascendió a 769, según informó Felipe Gómez Martínez.[1] La lamentable realidad de lo que está sucediendo con esta población en Puerto Rico es que no solo sufren abandono, sino que también se enfrentan a problemas como la falta de médicos y las limitaciones económicas y físicas para pagar sus diversos servicios, el alquiler y la comida. Al mismo tiempo, sufren abusos, negligencia y explotación económica, según informes de la División de Prevención y Control de Enfermedades Crónicas en Geriatría.[2] Ante esta realidad de los ancianos de Puerto Rico, me pregunto si, como cristianos, nos preocupa este problema con nuestra población envejecida. ¿Qué papel misionero debería tener la Iglesia cristiana puertorriqueña ante este problema?
Eugenio María de Hostos, en su obra «Moralidad social», habló del «deber de los deberes». Inicialmente, cuando Hostos se refiere al «deber de los deberes», se refiere al cumplimiento de todos los deberes y derechos que tiene cada persona, y el cumplimiento de cada derecho es un deber que debe llevarse a cabo en todo momento y en todas las circunstancias; este deber va más allá del individuo y abarca el deber hacia la familia, la comunidad vecina, la sociedad, la patria y, en última instancia, toda la humanidad.[3] Para Hostos, los seres humanos no son solo componentes biológicos, sino también sociales. A través de su pensamiento, parece que Hostos nos invita a cuidar de la comunidad de personas mayores como parte integral de nuestras vidas. Don Pedro ilustró en su canción el temor del soldado por la soledad de su madre. Para Hostos, el deber de los deberes implica una responsabilidad social que aborda, con solidaridad y amor, las necesidades de las comunidades de personas mayores de la isla. Hostos dijo que nuestro «deber de los deberes» es una responsabilidad social no solo con nuestra propia raza u origen. Nuestro deber es luchar por los derechos de nuestros ancianos y ser solidarios, sintiendo el peso, la responsabilidad y el amor para ayudar a esas personas olvidadas.
La Biblia hebrea considera la vejez como un símbolo de sabiduría, justicia y dignidad.[4] Hostos creía en el valor de cada persona, en el derecho de todo ser humano a aprender y transformarse a través de la educación para crear una patria mejor. Por lo tanto, parece importante aceptar el deseo de dignificar la vida de las personas mayores que viven en soledad.
¿Cuál es el papel de la Iglesia Cristiana Puertorriqueña con esta comunidad? El teólogo Gustavo Gutiérrez, en su libro «Teología de la liberación: perspectiva», sugiere que la participación de la iglesia debe centrarse en dos funciones: profética (protesta) y solidaria.[5] La Iglesia Cristiana ha sido llamada a señalar la opresión que sufren las comunidades marginadas, denunciando las injusticias y siendo una voz comprensiva para los oprimidos y menospreciados. Del mismo modo, está llamada a denunciarse a sí misma cuando permanece en silencio y no practica la solidaridad con las comunidades marginadas. La iglesia debe ser una representante activa en la lucha y la dignificación de todas las comunidades marginadas, imitando la acción representativa de Dios a través de su encarnación en Jesús.
El teólogo cristiano Jon Sobrino afirma que «Jesús es quien lleva a cabo una práctica destinada a transformar una sociedad opresiva en una sociedad de fraternidad y justicia, de acuerdo con el ideal del Reino de Dios».[6] Según Sobrino, la misión de la Iglesia consiste en proclamar el Evangelio de Cristo, y esta Buena Nueva no se limita a la ortodoxia (doctrina correcta)[7], sino que se encarna en la ortopraxis (práctica correcta)[8], que busca transformar la sociedad a través de la solidaridad. Para Gutiérrez, la solidaridad es «una forma de vida, una ruptura con la clase social de origen, que contribuye a que los pobres y desposeídos tomen conciencia de su situación de explotación y busquen liberarse de ella»[9]. Esta definición es, a su vez, un indicio del cuestionamiento de la Iglesia Cristiana Puertorriqueña y su participación activa con las comunidades de personas mayores en Puerto Rico.
Asumir una responsabilidad activa y efectiva hacia las personas mayores de nuestro país trasciende el deber social y se convierte en un deber patriótico. Para Hostos, cada individuo está en deuda con los demás a través de un vínculo de gratitud. Este vínculo nos obliga a ser personas conectadas con nuestra familia y nuestra sociedad común. De esta manera, este vínculo «relaciona al individuo con la Sociedad Nacional», lo que evoca «un verdadero deber de patriotismo».[10] La Iglesia Cristiana Puertorriqueña debería emular de manera similar este sentimiento de verdadero patriotismo a partir de la solidaridad y la acción en favor de las personas mayores. Es meritorio que la Iglesia Cristiana Puertorriqueña contribuya a una patria mejor, como se refiere Hostos cuando ejercemos el deber de los deberes a través del vínculo de gratitud, y nosotros, como Iglesia Cristiana Puertorriqueña, podemos lograrlo mediante el establecimiento del Reino de Cristo a través del mensaje de las buenas nuevas de Su Evangelio.
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Notas:
[1] Felipe Gómez Martínez, «Incrementan los casos de abandono a envejecientes», Wapa.tv.com. 16 de julio de 2023, en https://wapa.tv/noticias/locales/incrementan-los-casos-de-abandono-a-envejecientes/article_b9eed008-243d-11ee-8d6b-f3e99cde1.doc.html Consultado el 17 de enero de 2023.
[2] R. Díaz-García, M. R. Felici, A. Cases y K. Ruiz-Serrano. «Adulto Mayor 2019», en División de Prevención y Control de Enfermedades Crónicas Programa de Geriatría (Puerto Rico: Secretaría de Promoción para la Salud del Departamento de Salud de Puerto Rico, 2021), en https://www.salud.gov.pr/CMS/DOWNLOAD/5543 Consultado el 11 de febrero de 2023.
[3] Eugenio María de Hostos, La Moral Social ( Santo Domingo: Colección Pensamiento Dominicano, 1968), 107, 112.
[4] R. Esteban Montilla, «Viviendo la tercera edad: un modelo integral de asesoramiento para el buen envejecimiento» (Barcelona: Clie, 2004), 28.
[5] Gustavo Gutiérrez, Teología de la liberación: Perspectiva, 7.ª ed. (Salamanca: Ediciones Sígueme, 1975), 386.
[6] Jon Sobrino, «Cristología desde América Latina: Esbozo a partir del seguimiento del Jesús histórico», 2.ª ed., Colección teológica latinoamericana (Ciudad México: Ediciones CRT, 1977), 136.
[7] Justo González, Diccionario manual teológico, ( Barcelona: CLIE, 2010), 210.
[8] González, Diccionario manual teológico, 211 .
[9] Gutiérrez, Teología de la liberación: Perspectiva, 383.
[10] Hostos, La Moral Social, 57-58.