Justicia social - Día 1

Nota del editor: El siguiente artículo es una reproducción de uno de los discursos principales pronunciados durante la Conferencia de Verano en San Juan, Puerto Rico. Se ha editado ligeramente para facilitar su lectura.

Cuando me pregunto sobre la justicia social, mi curiosidad va más allá de la simple definición del término «justicia» y sus implicaciones en nuestra sociedad. Como sabemos, hay diferentes tipos de justicia. La justicia distributiva se centra en la asignación equitativa de los recursos; la justicia conmutativa se ocupa de corregir las injusticias individuales; la justicia retributiva busca castigar proporcionalmente a quienes dañan a la sociedad; la justicia restaurativa tiene como objetivo reparar el daño y reconciliar a la víctima y al infractor; y la justicia social, que nos reúne hoy aquí, se define comúnmente como aquella que busca corregir las desigualdades estructurales de la sociedad.[1]

De hecho, la justicia es vital en la construcción de nuestra sociedad. Para comprender la importancia de la justicia, podríamos imaginar una gran orquesta en la que cada músico representa un sistema diferente de nuestra sociedad: el primer violín simboliza el sistema político, el piano personifica el sistema económico, los instrumentos de viento representan nuestro sistema religioso y los tambores y percusiones representan el medio ambiente. Todos estos instrumentos son diferentes, cada uno con su propia melodía y ritmo, pero todos deben trabajar juntos para crear una sinfonía armoniosa. La justicia, en esta metáfora, es el director de la orquesta. No produce sonidos por sí misma, pero es esencial para el funcionamiento de la orquesta. El director marca el ritmo, guía las entradas y salidas de los instrumentos y se asegura de que cada uno tenga la oportunidad de brillar en el momento adecuado. Sin la dirección del director, la orquesta podría caer en el caos, con cada instrumento tocando a su propio ritmo, ignorando a los demás, lo que daría lugar a una cacofonía en lugar de una sinfonía.

Del mismo modo, la justicia guía nuestros sistemas políticos, económicos, religiosos y medioambientales. Garantiza que cada sistema funcione de manera equitativa, dando a cada uno la oportunidad de contribuir al bienestar general de la sociedad. Sin justicia, estos sistemas podrían desequilibrarse y algunos podrían beneficiarse a expensas de otros, lo que podría dar lugar a desigualdades y conflictos. Por lo tanto, al igual que un director de orquesta, la justicia es fundamental para mantener el orden y la armonía en nuestra sociedad.

Aunque la mayoría de nosotros podamos estar de acuerdo en que las definiciones que acabo de utilizar son claras y que la metáfora de la orquesta y el director tiene mucho sentido para comprender el significado de la justicia, existe un grave problema. Tanto las definiciones como la metáfora no son más que explicaciones superficiales de una red mucho más compleja de relaciones sociales que no puede contenerse en una sola definición o metáfora. La metáfora de la justicia como un director solo llega hasta cierto punto. Es decir, todo director se rige por una partitura, es decir, el director siempre sigue las órdenes de otra persona. Siempre siguen un guion escrito por otra persona, en este caso, la que escribió la obra. En otras palabras, lo que oculta esta metáfora es que no basta con entender la justicia como lo que ordena nuestras relaciones sociales. Debemos comprender que, si realmente queremos reflexionar sobre la justicia social, debemos abordar la cuestión cuestionando profundamente los fundamentos mismos de nuestras estructuras sociales, y no solo replanteándonos las definiciones de lo que es justo o no.

Por lo tanto, al plantear esta cuestión, mi interés no es un mero ejercicio de reflexión académica sobre lo que constituye la justicia o la injusticia en nuestra sociedad. Mi interés en esta breve intervención es destacar que la cuestión de la justicia social que configura nuestros sistemas políticos, económicos, religiosos, medioambientales, etc., debería llevarnos a cuestionar las dinámicas del poder, la distribución de los recursos, los privilegios y las desventajas aparentemente inherentes a nuestros sistemas sociales. Es decir, debería llevarnos a cuestionar la partitura que utiliza el director para dirigir la orquesta. Dicho de otro modo, la reflexión sobre la justicia social va más allá del cuestionamiento de lo que es justo e injusto o lo que está bien y mal en nuestra sociedad. El análisis de la justicia social debe ser una revisión crítica de los poderes que organizan lo que es justo e injusto en nuestra sociedad. Porque, al fin y al cabo, ¿qué serían nuestros sistemas políticos, económicos, culturales y medioambientales sin la base fundamental de la justicia? ¿Cómo podríamos hablar de una sociedad equilibrada si no criticamos la forma en que se ejerce la justicia y se integra en nuestras estructuras sociales?

Por lo tanto, la cuestión de la justicia social no es solo un cuestionamiento de lo justo o injusto, de lo que está bien o mal, según nuestras normas y principios actuales, incluso si esos principios son los principios del Evangelio. Como sabemos, muchos han interpretado e interpretan la justicia del Evangelio según sus intereses y agendas para dominar, subyugar y excluir. ¿No es esto un ejemplo de cómo la religión desempeñó un papel en la movilización y, según algunos, en la legitimación de la colonización de América y África?

Por consiguiente, la cuestión de la justicia social se erige como una pregunta incisiva sobre las estructuras fundamentales que conforman nuestro sistema humano. Representa una investigación conmovedora sobre las raíces que cimentan nuestros edificios sociales, religiosos y culturales, así como una indagación penetrante sobre los postulados que sustentan nuestros sistemas políticos y económicos. Es una mirada crítica a la imposición colonial y racial que ha moldeado el destino de nuestros pueblos. Desde estas perspectivas, el debate sobre la justicia social se vuelve infinitamente más complejo y necesario para nuestro desarrollo como sociedad.

Cuando cuestiono la justicia social, cuestiono todo nuestro sistema social: la esfera política, la economía, las estructuras culturales, las doctrinas religiosas, las normas de género, las prácticas medioambientales y mucho más. Estoy revisando críticamente las complejidades de nuestra sociedad, buscando lagunas, desigualdades y áreas potenciales de mejora. Es una tarea abrumadora, pero, amigos míos, es esencial para nuestro avance y crecimiento como sociedad. Es, en resumen, nuestra llamada a la acción.

Al reflexionar sobre estos conceptos y cuestionar las concepciones tradicionales de la justicia, nos encontramos con perspectivas que amplían aún más nuestra comprensión. Se hace evidente la necesidad de indagar sobre la justicia como una estructura intrínseca que configura y es configurada por las redes de poder en nuestras sociedades. Y aquí, el trabajo de pensadores contemporáneos como Devin Singh y Enrique Dussel se vuelve crucial para nuestra reflexión. Singh, en sus reflexiones, establece una relación directa entre la economía y la religión, presentando el dinero como una construcción teológica que no es neutral, sino que transmite valores y establece relaciones.[2] De manera similar, Dussel propone la transmodernidad como una alternativa para superar las desigualdades históricas y la explotación económica que han marcado la relación entre los países ricos y pobres.[3] Ambos autores nos invitan a cuestionar nuestras concepciones previas y a imaginar un sistema en el que la justicia social se manifieste en prácticas económicas y relaciones globales que reflejen una mayor equidad e inclusión.

De este modo, la justicia se convierte en un concepto polifónico. Sus disonancias y armonías se entrelazan en la partitura de nuestras sociedades, mostrándonos que la justicia no es algo dado, sino algo que surge y se transforma dentro de las complejas redes de poder que nos rodean. De hecho, es en esta danza entre lo legal y lo justo, entre lo armonioso y lo disonante, donde reside la verdadera reflexión sobre la justicia social.

Deseo concluir esta breve exposición con un vehemente llamamiento a la comprensión: la justicia social en sí misma no constituye el problema subyacente en nuestra sociedad. Si aspiramos a «mover montañas», según el lema de esta conferencia, esa montaña no se identifica con la desigualdad, la injusticia, la falta de ética o la pobreza. Esa montaña es la imponente cima de la ignorancia sobre los verdaderos poderes que guían la justicia social en nuestras comunidades.

Por lo tanto, la paz tan anhelada en nuestras tierras no vendrá de un puño más duro o de una aplicación «más estricta de la justicia», sino de una transformación profunda de los poderes y conocimientos que sustentan nuestras percepciones de la justicia, así como nuestra concepción de lo que es legal y justo.

Esa profunda transformación es lo que pensadores como la boliviana Silvia Rivera Cusicanqui nos instan a considerar.[4] Cusicanqui propone el concepto de descolonización como medio para alcanzar la justicia social. En lugar de limitarse a reorganizar los recursos dentro de los sistemas existentes, sostiene que debemos reevaluar y cuestionar las formas en que el legado del colonialismo sigue afectando a los pueblos indígenas y otras poblaciones marginadas. Se trata de una tarea más amplia y difícil que el simple ajuste de las políticas o prácticas actuales, pero Cusicanqui sostiene que es necesaria para alcanzar una verdadera justicia social.

A su vez, Cusicanqui aboga por el reconocimiento y la valoración de la diversidad cultural y las identidades indígenas. Se trata de un componente fundamental de la justicia social que a menudo se pasa por alto, pero que es vital para comprender plenamente el término. En su opinión, la justicia social no puede lograrse sin reconocer y valorar la diversidad cultural y las identidades indígenas. Esto implica cuestionar las narrativas homogeneizadoras y el etnocentrismo que tienden a minimizar o ignorar la riqueza cultural y la contribución de los pueblos indígenas.

Cusicanqui confirma lo que ya se ha dicho, que cualquier conversación sobre justicia social debe cuestionar el papel del Estado y del sistema económico global. Debe cuestionar cómo el Estado perpetúa la desigualdad y cómo el sistema económico tiende a beneficiar a los más poderosos.

En resumen, la justicia social, según la visión de Cusicanqui, no es simplemente un ajuste de las desigualdades dentro de los sistemas existentes. Más bien, es una transformación radical de estos sistemas y una reevaluación de las formas en que estos reflejan y perpetúan las desigualdades. Esto requiere un reconocimiento de la diversidad cultural, la resistencia a las formas de poder que perpetúan la desigualdad y un compromiso con la descolonización y la autonomía.

Estos son los temas que debemos abordar en nuestros debates y esfuerzos por alcanzar la justicia social. Como dijo Martin Luther King Jr., «la verdadera paz no es solo la ausencia de tensión, es la presencia de la justicia». Siguiendo este espíritu, nuestra tarea consiste en trabajar para crear una sociedad en la que todos puedan vivir en paz e igualdad. Este no es solo un objetivo loable, sino un imperativo ético y un requisito para la verdadera paz.


Notas:

[1]REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Diccionario del español jurídico (DEJ). Justicia [en línea].

< https://dej.rae.es/lema/justicia> [Fecha de la consulta: 01/06/2023].

[2] Singh, Devin. Divine Currency: The Theological Power of Money in the West. Cultural Memory in the Present. Stanford, California: Stanford University Press, 2018.

[3] Dussel, Enrique D. «Transmodernidad e interculturalidad».Astrágalo: Cultura de la arquitectura y la ciudad, págs. 31-54, 2016.

[4] Rivera Cusicanqui, Silvia. Ch’ixinakax Utxiwa: Una reflexión sobre prácticas y discursos descolonizadores. Buenos Aires: Tinta Limón, 2010.

 

Deivit Montealegre

Deivit Montealegre es doctorando en Teología Económica y Pensamiento Descolonial en la Escuela de Teología de Toronto, Emmanuel College, de la Universidad de Toronto. Como investigador, lidera iniciativas sobre ética en la educación superior, ética y economía, y teología y economía. Es autor de varias publicaciones académicas sobre ética, religión y economía. Actualmente, Deivit trabaja como coordinador de enseñanza, investigación y programas para el Foro de Liderazgo y Aprendizaje Intercultural del Consejo Canadiense de Iglesias.

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